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lunes, 27 de febrero de 2017

EL CEREBRO: NUESTRA CLAVE



La clave de los profesionales del presente y del futuro no está en su capacidad de "hacer", sino en su capacidad de "pensar". Es cierto, se ha pasado en muy pocos años de una especialización manual a una especialización mental. Por primera en toda la historia del ser humano, la diferencias no estarán en sus capacidades físicas, al contrario, estarán en sus capacidades cognitivas. Es decir, de cómo y de qué manera utilicemos la más extraordinaria herramienta que poseemos: el cerebro.   
Por supuesto, que las habilidades manuales y el trabajo con ellas no desaparecerán, pero no será con la determinación que tiene ahora. Debido a ello es necesario que la formación cambie sus parámetros, ya no se trata de memorizar y llenar al cabeza de datos  en ocasiones inconexos, se trata de aprender, analizar y llevar a la práctica todo lo que se asimila. Claro, es una auténtica revolución, una ruptura de fronteras mentales, una auténtica catarsis vital. Pero, a la vez, es una gran oportunidad de igualdad, al fin  y al cabo todos tenemos un cerebro y no sabemos  las enormes posibilidades que ello nos da. Quizás nos puede dar hasta miedo todo lo que podemos lograr. 
Es una experiencia fascinante.

miércoles, 22 de febrero de 2017

PADRES FELICES
HIJOS FELICES



Se dice, y con razón, que los niños no son más que simples espejos. Y es una gran verdad, en sus primeros años, principalmente, reflejan lo que ocurre a su alrededor y, a partir de ahí, forjarán su personalidad. Por tanto, es muy importante el espejo principal de las tiernas edades, los padres y madres. Y en ese aspecto es el espejo más determinante. Los padres no tienen que ser cicateros en las muestras de cariño y complicidad entre ellos, aunque a los críos les parezca raro o pongan algunas caras dignas de fotografiarse.  Existe un cierto pudor a expresar esos sentimientos, no sólo en público, sino en el propio ambiente familiar. ¿Porqué? Si el niño o la niña observan esas muestras sencillas, tiernas, serenas,... de sus padres que se aman, de que juegan entre ellos, de que ríen juntos, las pequeñas mentes infantiles se verán influenciadas muy positivamente y serán una base firme para la creación de su propio proyecto vital. Con el paso del tiempo se percatarán de que esos simples detalles entre sus padres no son más que una expresión de algo más profundo, intangible a las palabras, pero importante vivencialmente. 
Por tanto, no hay que tener  miedo a la efusividad entre la pareja, quizá no lo tengamos presente o no lo valoramos en lo que vale, pero ante los hijos son una de las mejores expresiones de confianza,  seguridad y aprendizaje que pueden tener.  

domingo, 5 de febrero de 2017

PADRES CON CONSISTENCIA


Continuamente nos cruzamos en nuestra vida con multitud de personas que son diferentes entre sí. Pueden pertenecer a los mismos grupos, haber sido educados de forma similar, haber tenido las mismas oportunidades.... ¿Qué marca las diferencias? Por un lado, la ciencia nos dice que el mayor peso es la genética, para lo que cada vez hay más voces disidentes (Bruce Lipton está entre los científicos prestigiosos que dicen que los genes no actúan si no hay una adecuada interrelación con el medio). Los psicoterapeutas humanistas nos inclinamos a pensar en que es la relación entre padres e hijos lo más determinante en el desarrollo de las personas y, sobre todo, en la creación de la estructura de la personalidad.

No dudo de la influencia e importancia de la predisposición genética pero, al margen de lo que en realidad haya, nuestra mirada profesional irá dirigida hacia el análisis de la relación parental. El amor y el respeto de las figuras parentales hacia los niños va a estar en una altísima prioridad entre los factores que más influyen en el desarrollo de estos últimos. Incluimos entre las relaciones parentales a los padres, abuelos, tíos, educadores, cuidadores.... Es decir, a todos los que asumen la función parental en algún momento de la vida del niño. Cuando hable de padres, el sentido será de figura parental.

Para los padres, tener objetivos claros y sanos a corto, medio y largo plazo les ayudará a no perderse ni dejarse llevar por los impactos emocionales del presente, que podrían dar el traste con la estabilidad y la solidez del mensaje parental. Es decir, que el padre sea consistente, que no ceda ante el miedo inmediato de un chantaje afectivo, de la presión del momento o de la responsabilidad y trascendencia que una decisión puede tener para su niño herido y que prevalezca el adulto sano en esa función parental.

Ser consistentes como padres significará:
No mirar para otro lado, ser consecuentes, sensatos, honestos, responsables... Para un hijo, saber que sus padres "están siempre ahí" y que "son de fiar" es lo que le aportará una seguridad imprescindible para que, una vez incorporada, le haga sentirse sólido como persona, libre de miedos patológicos y adquirir la estabilidad en sus vidas.
Actuar dentro de la crianza y educación del niño de forma que este se sienta seguro de que el amor no está en juego. Saber transmitirles esa seguridad afectiva será fundamental para que la confianza no se quiebre y se vaya consolidando cada vez más.
Mostrar una coherencia emocional facilitará a los niños que sientan y expresen sus emociones de forma espontánea, segura y sana, sin temor a malas consecuencias.
Proteger sin invadir al hijo, respetarle mientras se le acompaña, dándole la seguridad necesaria para que su aprendizaje y exploración del mundo sea un éxito.
Permitir una comunicación fiable y segura, que el hijo se sienta seguro por compartir su vida y sus descubrimientos con sus padres, sin temer ser represaliado por sus ideas o por sus acciones.
Poner límites firmes a los hijos. Ni rígidos ni demasiado flexibles. La firmeza en los límites facilitará que los niños aprendan a moverse de forma libre por las zonas permitidas, sabiendo que la transgresión de las zonas prohibidas, además de ponerles en peligro, les traerá unas consecuencias a las que tendrán que enfrentarse. Nunca se debe prometer un castigo que no se va a realizar, ya que esto traería consigo la pérdida de la consistencia necesaria.
Aportar estabilidad y coherencia a sus hijos, dándoles una base de seguridad para aprender a funcionar en la relación con ellos mismos, con los otros y con el mundo.

La importancia de la consistencia de los padres para que los hijos consigan tener una estructura de personalidad sólida y sana, para mí, está fuera de toda duda.

También el paralelismo de un gobierno consistente y coherente para que los ciudadanos puedan vivir una vida segura, sana y productiva.

La consistencia es una condición necesaria para facilitar el desarrollo sano y positivo de las personas que están a nuestro cargo. Cualidad que debería estar presente en todas las personas que están arriba en las relaciones verticales, con la intencionalidad puesta en los de abajo de dicha relación. Lo mismo podemos decir para unos padres que crían a sus hijos, para un empresario o jefe que busca la mejor de la productividad en su equipo de trabajo, para un maestro con su discípulo o para que los gobernantes dirijan un territorio hacia un buen desarrollo político y humano.

Quizás si todos los que ocupamos posiciones dirigentes (padres, maestros, médicos, jefes, políticos, gobernantes) hiciéramos una autoreflexión sobre nuestra propia consistencia, y eso nos llevase a cambiar algunos aspectos, ofreceríamos una altísima mejora en las personas de las que nos ocupamos. La vida así sería muchísimo mejor.
Artículo de José Zurita
Huffington Post

jueves, 19 de enero de 2017

DEBERES

La tan manoseada batalla entre deberes sí o deberes no es tan antigua como la propia educación escolar. Cualquiera que sea la reforma educativa que se haga, tarde o temprano surge este eterno y estéril debate. Cambian los hábitos sociales y culturales, pero los hábitos educativos permanecen casi invariables. Parto de una base, personalmente en mi época de estudiante, casi no tenía deberes. Ya se encargaban mis educadores del colegio religioso al que asistía de que todo se acabara en la jornada escolar. Vale, eran otros tiempos, pero el mismo problema. Cuando, por algún motivo, esto no era posible, se buscaban fórmulas alternativas para su resolución: una hora más en el colegio para acabar, o irte al colegio una antes de su apertura para solucionar el problema (había que madrugar y en invierno...) y muy en el último caso se llevaba la tarea a casa para finalizarla. En cualquiera de los casos, esto ocurría en muy pocas ocasiones. Y teníamos horario de mañana y tarde. Algunos, además, praticábamos deporte en los equipos del colegio y los entrenamientos eran "sagrados". Mis educadores afirmaban, con buen criterio, de que después de una larga jornada escolar más los entrenamientos, si encima llevabas carga escolar adicional a casa, sencillamente no se rendía adecuadamente. No estoy comparando épocas ¡Dios me libre! sólo expongo hechos y datos.
Los padres quieren lo mejor para sus hijos, de eso no hay duda, pero quizá habría que empezar a preguntarles a nuestros hijos por este asunto y escuchar que tienen que decir. Los padres actuales suelen estar agobiados por sus trabajos y ocupaciones, como para pasar este frenesí a sus hijos desde la más tierna infancia. El niño necesita un espacio de desarrollo y este no puede estar ocupado continuamente por obligaciones. Se quiere que sean buenos en los estudios y en las actividades "alternativas" de todo tipo que se les encargan, con más o menos gusto para ellos. Hay que ir a deporte, informática, idiomas, etc... y no se les deja casi ni un segundo del día libre, prácticamente se les obliga a estar ocupados de forma continua. Y no es inusual, sino más bien todo lo contrario, encontrarse con padres, madres e hijos haciendo deberes a las 11 de noche. Esto no es conciliación familiar, no tiene nada que ver con ello. El sistema educativo tiene muchas lagunas, cada vez está más desfasado de la realidad que se vive, no estimula, no premia el esferuzo y el afán de conocimiento y descarga en los padres actividades que no deberían entrar en casa, sin entrar a valorar el caso de que los padres deben ser expertos en literatura, matemáticas, física, química,...o sea padres multiconocimiento. 
No es por ahí por donde debe ir el futuro, pero quizá para saber lo que queremos sea necesario un pacto global por la educación, no sólo político, sino principalmente social, que siente en la mesa a los que están verdaderamente al pie de cañón de la problemática para no perderse en deseos utópicos y ver la auténtica realidad que nos rodea.
Después de esto queda claro que no estoy muy a favor de los deberes ¿no?

domingo, 24 de julio de 2016

PARA DISFRUTAR EL MOMENTO



Queridos padres treintañeros:
Os veo en el supermercado, os veo en el parque. Os veo dejar a los niños en el colegio, os veo en el metro y en los restaurantes. A veces también me veis e intercambiamos sonrisas fugaces, nos ponemos los ojos en blanco y compartimos un momento de entendimiento.
Pero normalmente no me veis porque estáis ocupados persiguiendo a vuestro hijo por los pasillos del súper, vigilando que no suba muy alto en los columpios, regañándole por haber pellizcado a su hermano, buscando una toallita en el bolso o limpiando el contenido del vaso que se acaba de caer.
Hace unos días estaba en una piscina pública; y si hay una metáfora de lo que es la vida para una madre treintañera, tiene que ser una piscina pública. Ahí estamos: somos los estereotipos que juramos que nunca seríamos, con el agua por las rodillas en la piscina de los niños, los ojos fijos en nuestros pequeños y maravillados con sus payasadas.
Aunque es posible que hayamos ido en pareja o en grupo, nuestras conversaciones van por fascículos, no podemos relajarnos ni un momento. Nuestra concentración está con nuestros hijos. Estamos cansados. Estamos distraídos. Nuestro cuerpo enfundado en un bañador está marcado por las heridas de guerra y ya no es lo que solía ser.
No muy lejos están los exultantes veinteañeros. Hablando con sus amigos, hojeando revistas, mirando Facebook y haciéndose selfies con el móvil. Están descansados. Están tonificados. Son completamente ajenos a lo que se les avecina en el futuro. Ni siquiera nos ven. Y, si lo hacen, se prometen a sí mismos que nunca serán como nosotras.
No pasa nada. Todos hemos pasado por ahí y sabemos de qué va la cosa demasiado bien como para ofendernos.
Está claro, lo que ha pasado es que los treintañeros hemos dejado de pensar en nosotros. Pues no. Es que nosotros mismos no somos lo más importante. Tenemos niños pequeños y durante una temporada no somos la prioridad. Dormiremos (o no) según los horarios de nuestros niños y/o nuestros recién nacidos y/o la combinación de ambos. No nos lavaremos el pelo con la frecuencia con la que nos gustaría.
¿Abdominales? ¿Qué abdominales? No pararemos de limpiar narices, culos y suciedad de las paredes. Nos pasaremos el día cocinando, desde el desayuno hasta la hora de la cena, y no nos levantaremos de la mesa hasta que todo el mundo se haya comido, como mínimo, una cucharada de guisantes. Pasaremos horas arrodillados al lado del váter y leyendo "el último" cuento al borde de la cama.
Seremos bilingües en el idioma de La patrulla canina, La princesa Sofía y Peppa Pig y utilizaremos a estos personajes en amenazas y sobornos o como canguros digitales que cuiden de los niños mientras nos damos una ducha. Nos veremos negociando con terroristas, aunque juramos que nunca lo haríamos. Haremos caso cuando oigamos "cógeme", "más" o "no quiero" y diremos la frase "¿cuál es la palabra mágica?" más veces al día de lo que creíamos posible.
Así es nuestra vida. Y la verdad es que no es fácil.
Pero hay otra cosa cierta: más allá de los veinteañeros, al otro lado de la piscina, están los que ya pasan de los cuarenta. Están perfectamente descansados. Perfectamente tonificados. Están solos, leyendo un libro tranquilamente. Nos miran con una mezcla de empatía y petulancia. Han estado en nuestro lugar y han pasado por lo mismo y saben que no dura eternamente. Padres treintañeros, los cuarenta son el santo grial. Se acercan los cuarenta.
La década en la que podemos recuperarnos a nosotros mismos.
No es que desee que esta etapa no hubiera sucedido nunca. Aunque hasta ahora los treinta y tantos han pasado como un borrón, también tienen algo de mágico. No volveré a sentir un moflete blandito en el pecho por la noche. Ni a ver cómo me buscan unos bracitos después de una caída. Ni a oler el característico olor a bebé, ni a conjuntar un par de vaqueros con unas deportivas minúsculas. Ni a empujar un carrito, ni a leer cuentos en la cama con un niño en cada brazo. Ni a oír "quiero con mamá" o "¿me ayudas?".
Sí, se acercan los cuarenta, y van a ser una gozada. Pero no dejéis que lleguen demasiado rápido. Si voy a dejar de pensar en mí durante una década, la maternidad es una buena razón para hacerlo.
Con cariño,
Catherine
Este artículo  fue publicado con anterioridad en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido adaptado del inglés por Lara Eleno Romero.

martes, 15 de septiembre de 2015

HOY...

HABLANDO CLARO



Hoy transcribimos este artículo de una madre con la que estamos totalmente de acuerdo.
Según han ido avanzando cursos, mis hijos han tenido que renunciar a más y más parcelas de su tiempo lúdico (que también formativo) porque nuestro sistema educativo está empeñado en convertir las tardes en una continuación de la jornada escolar.

Ahora que acaba de iniciarse el curso, muchos medios vuelven estos días a ese debate recurrente donde, casi siempre, se demoniza a las actividades extraescolares y se hace una caricatura injusta de los padres/madres que inscribimos en ellas a nuestros hijos. Pocas veces se habla sobre ellas de forma positiva y, por el contrario, se insiste en ciertos calificativos y estigmas para definirnos a quienes somos partidarios de estas actividades complementarias.
No, señores, no aspiramos a convertir a nuestros hijos en Einsteins, Mozarts, Messis o ejecutivos de Inditex. No queremos que sean extraordinarios o que nos saquen de pobres. Simplemente pretendemos cubrir las inmensas carencias del sistema educativo oficial respecto al arte, la música, la danza o el deporte. A cultivar todas esas áreas tanto o más importantes para su formación como personas, como los conocimientos académicos en matemáticas, biología, historia, física o filosofía. No queremos sobrecargar a nuestros hijos. Nuestros hijos están sobrecargados porque el sistema se ha empeñado en que cinco horas lectivas diarias no son suficientes y deben llegar a casa y hacer más de lo mismo durante dos, tres, cuatro o las horas extras que el sistema (a través de algunos docentes, que no todos) estime necesarias. Resulta absolutamente demencial.
Antón es todavía pequeño y hasta ahora la carga lectiva extraescolar ha sido sensata, pero mucho me temo que tengamos que reproducir la situación por la que transitó su hermana mayor. Cada vez que pienso en todas las horas y energías que le he visto desperdiciar durante estos últimos cursos, me hierve la sangre... Por el contrario, no me arrepiento en absoluto de todas las actividades complementarias en que la hemos inscrito desde los 4 años: pintura, barro, baile, pandereta, patinaje, fútbol, voleibol, piano, teatro...
En algunas actividades ha disfrutado más que en otras pero todas, absolutamente todas, le han servido para aprender, formarse y relacionarse, al tiempo que le han permitido experimentar en diversos mundos hasta conducirle a su actual pasión: el atletismo. Mi hija disfruta con este deporte y ha descubierto un mundo que, seguramente, le pueda ayudar a superar esa difícil prueba que es la adolescencia. Espero (ojalá) que le ayude a tener un aliciente, una pasión en su vida, a ampliar su círculo social a través de entrenamientos, viajes y competiciones, a ser consciente de que debe cuidar su cuerpo y a aspirar a algo más que la llegada del "momento botellón" durante el fin de semana.
Sin embargo, y hasta llegar a dar con esta afición, ha necesitado de un largo recorrido y del contacto con diferentes actividades y disciplinas. Resulta muy triste ver cómo a medida que los niños van creciendo y avanzando cursos, la mayoría de padres sacrifica el deporte, la música, el arte o cualquier otra actividad, a causa de la sobrecarga que sus hijos llevan a casa en forma de deberes.
Sé que las circunstancias de Antón son diferentes a las de su hermana y que su discapacidad sí exige ciertas tareas de refuerzo en casa, dado que los recursos de la escuela pública son muchas veces insuficientes para atenderle con el tiempo y en la forma que necesita. Resulta imposible dedicarle la atención que precisa en un aula donde comparte espacio con otros 24 niños (otra aberración del sistema), cada uno de ellos con sus propias y particulares necesidades, al tiempo que las horas de apoyo se reducen cada curso que pasa. Así que, no nos va a quedar más remedio que trabajar en casa y ampliar la jornada académica pero, insisto en que es un caso muy particular. No se debería obligar a la mayoría de los niños a prolongar su jornada académica.
Tampoco es que yo tenga especial prisa en que mi hijo aprenda lo que la programación dicta cada curso. Pero parece que el sistema sí. Y, desgraciadamente, es ese sistema el que moldea nuestra vida social porque, llegados al final de cada ciclo, si el alumno no ha alcanzado los objetivos que se han determinado, se le obliga a repetir curso. Y eso, para cualquier niño, pero más aún para un niño con diversidad funcional, significa destruir todas sus referencias, al separarlo del grupo dentro del cual ha podido lograr una cierta inclusión social. La alternativa en forma de adaptación curricular también resulta peligrosa, porque ese niño ya es lo bastante diferente a sus compañeros, como para añadir que en clase realice otras actividades y tareas distintas a las del resto o que deba salir continuamente del aula para recibir una atención diferenciada.
La solución sería que el sistema no tuviera tanta prisa y, sobre todo, que los niños recibieran una Educación basada en una metodología que respetara sus características y particularidades. No todos los niños deberían estar realizando las mismas tareas ni al mismo ritmo. El "niño-tipo" NO EXISTE. Ahora mismo, quien no alcanza ese prototipo de alumno se queda atrás. Y quien lo rebasa (y se aburre), también. Es el sistema el que debería adaptarse al niño y no el niño al sistema. Lo único que se consigue por esta vía es que muchos alumnos se queden por el camino.
Todas estas connotaciones negativas del sistema educativo y de los deberes, no repercuten tan sólo en el alumnado condicionado por alguna discapacidad. Estoy convencida de que los deberes generan grandes desigualdades sociales en la escuela. No todos los alumnos pueden recibir en sus casas el apoyo necesario, bien porque sus padres están ausentes trabajando, porque carecen de los recursos culturales necesarios para ayudarles o de medios económicos para pagar a quien lo haga por ellos.
Sin embargo, y a pesar de todas las circunstancias que rodean a Antón, no quiero sacrificar la felicidad y todo cuanto le aportan las actividades extraescolares. Son su mayor motivación a lo largo del curso. Lo primero que dice al despertarse los martes es: "¡qué bien, hoy tengo teatro!". Llegado el fin de semana, no le importa que llueva o truene y la perspectiva de montarse en la piragua y luchar contra las olas de la ría, le convierte en un niño alegre, motivado y feliz. Como apasionado de la buena mesa que es, le encanta (intentar) cocinar y no puede estar más emocionado este curso ante la perspectiva de iniciar un taller de cocina donde por fin hemos conseguido plaza. Ninguna de estas actividades le va a ayudar a comprender lo que son las decenas de millar o cómo funciona el aparato excretor, pero el placer y la autoestima que le aportan son infinitas. Y no, no vamos a renunciar a ello...
Artículo de Carmen Saavedra en Huffington Post


miércoles, 27 de mayo de 2015

AMOR Y DEPENDENCIA


Muy interesante este  libro de Silvia Congost titulado "Amar demasiado es depender". Todos sabemos que las relaciones humanas son complejas, o mejor aún, las hacemos complejas. Esto se complica todavía más en las relaciones de pareja y/o matrimoniales. Por alguna razón misteriosa, lo que debería ser un lugar de crecimiento, de sosiego, de amplitud  personal, se convierte por algún otro misterio insondable es una auténtica sucesión de errores que nos convierte la vida en algo sumamente desagradable y peligroso. 
En una relación entre iguales nunca debe existir la dependencia del otro de tal forma que elimine nuestra propia personalidad, de ser así ya no es una relación es una sumisión, más o menos interesada o consentida. 
¿Porqué ocurre esto y que remedios tenemos para evitarlo? De esto trata este libro. No se busca echar la culpa a nadie, lo que propone es un búsqueda del propio yo, de recuperar el control de nuestra propia vida. Y de la ruptura ¡por fin! de clichés; el amor entre humanos nunca puede llevar aparejado el sufrimiento o la lucha (esa tóxica expresión de "la guerra de sexos"),  la relación de pareja es como el agua, debe fluir.
La relación de pareja debe ser de amor, que quizá es una asignatura pendiente de aprender. Pero eso es otra cuestión...